Iniciamos nuestro recorrido por la Puerta Sur del Valle de Ricote, en un lugar donde el agua ha marcado cada capítulo de su historia: la Villa Termal de Archena.
En sus colinas y cuevas, los íberos dejaron huellas de sus ritos y símbolos de guerra. Más tarde, los romanos hicieron brotar aquí no solo aguas medicinales, sino también una pequeña ciudad viva, de templos, columnas, monedas y murmullos que la conectaban con el resto del Imperio.
Con la llegada de la época musulmana, un castillo se levantó sobre una antigua fortificación romana para controlar la salida del valle. Tras la conquista cristiana, en el siglo XIII, el rey Alfonso X entregó Archena a la Orden de San Juan, que custodió estas tierras durante más de seis siglos.
El pueblo creció especialmente en el siglo XVIII, gracias al impulso de los cultivos de frutales y cereales. Ya en el siglo XX, el ferrocarril, la industria conservera y la ampliación de regadíos consolidaron su desarrollo.
Hoy, Archena es mucho más que un municipio agrícola: es historia viva, tradición y modernidad. Y en el corazón de todo se erige su emblema indiscutible: el balneario, donde el agua sigue siendo fuente de salud, encuentro y bienestar.
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